La conservación también puede desposeer

ODS 15, biodiversidad y nuevas formas de poder territorial

Proteger los ecosistemas terrestres es una necesidad evidente. La pérdida de biodiversidad, la degradación de los suelos, la deforestación, la erosión, la desertificación o el deterioro de hábitats esenciales no son problemas menores ni asuntos secundarios. Sin tierra viva, sin agua limpia, sin bosques funcionales y sin diversidad genética, no puede haber seguridad alimentaria duradera ni estabilidad ecológica. En ese sentido, el ODS 15 parte de una preocupación legítima: conservar, restaurar y cuidar mejor la vida terrestre.

Pero precisamente porque la finalidad es legítima, conviene mirar con más atención los medios. La conservación no ocurre en abstracto. No se aplica sobre espacios vacíos, sino sobre territorios concretos donde ya existen comunidades, derechos de uso, economías rurales, prácticas agrícolas, memoria local, sistemas de gobernanza y conflictos previos. Cuando esta dimensión se olvida, la protección de la naturaleza puede convertirse en una forma de reordenación territorial. La pregunta deja de ser solo qué ecosistema queremos proteger y pasa a ser quién decide, quién administra, quién se beneficia y quién pierde autonomía.

Ese es el eje del nuevo DG Focus, La tierra bajo tutela verde. El texto analiza cómo el ODS 15 puede convertirse en una oportunidad real para recomponer la relación entre biodiversidad, alimentación y territorio, pero también en una vía de apropiación verde si se aplica sin garantías suficientes. Fenómenos como el green grabbing, la conservación excluyente, la meta 30×30, los créditos de carbono, los offsets de biodiversidad, el carbon farming o el rewilding muestran que el lenguaje ambiental puede utilizarse tanto para cuidar como para controlar.

Uno de los puntos centrales del Focus es que la tierra no es solo soporte biológico. También es base de alimentación, trabajo, cultura, comunidad y autonomía. Por eso, una política ambiental justa no puede tratar al mundo rural como si fuera simplemente una presión sobre la naturaleza. Pequeños agricultores, comunidades campesinas, pueblos indígenas y sistemas agroecológicos pueden ser aliados fundamentales de la conservación, siempre que no se les reduzca a usuarios tolerados, proveedores de servicios ambientales o destinatarios pasivos de decisiones tomadas desde fuera.

El texto presta también atención a los mercados ambientales. La financiación de la conservación es necesaria, pero cuando la naturaleza se convierte en créditos, compensaciones, activos o unidades negociables, aparecen riesgos importantes: falsas equivalencias ecológicas, greenwashing, concentración de tierras, contratos asimétricos y pérdida de control local. Valorar la naturaleza no debería significar mercantilizarla por completo. Medirla tampoco debería implicar reducirla a aquello que resulta más cómodo para los sistemas de certificación.

La conclusión del Focus puede resumirse en una idea sencilla: conservar no basta si la conservación desposee. Proteger los ecosistemas terrestres exige algo más que ampliar áreas protegidas, emitir créditos o cumplir indicadores. Exige reconocer que la tierra es también territorio habitado, y que la biodiversidad solo podrá cuidarse de forma duradera si las políticas ambientales fortalecen derechos, comunidades y formas responsables de arraigo. La naturaleza necesita cuidado, pero no una tutela verde que sustituya viejas formas de dominio por otras nuevas.